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Vigilancia

Veracidad y libertad de expresión

REPORTAJE | El hombre es un ser que tiende a lo largo de toda su vida a un perfeccionamiento material y moral. En esta segunda dimensión, el medio de alcanzar la perfección no es otro que el ejercicio de las virtudes. Como derivada de la virtud de la justicia encontramos la virtud que más nos interesa en la cuestión que hemos de tratar a continuación: la veracidad. 

La veracidad

La veracidad no es sino la obligación de manifestar la conformidad del lenguaje con la idea del que se comunica. La necesidad de esta manifestación podemos probarla mediante dos argumentos:

1) La existencia misma del lenguaje. Las palabras son, según la definición más clásica, «la expresión externa de la idea»; son, por tanto, un signo. De todos es sabido que un signo ha de adecuarse a aquello que significa, por lo que, si empleamos el lenguaje para manifestar algo contrario a lo que pensamos o sentimos, estamos atentando contra el orden natural, contra la finalidad natural del lenguaje; lo cual es inmoral.

2) La segunda razón aparece tan clara y profundamente expresada en la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino, gran estudioso de las virtudes aristotélicas, que vamos a transcribir el texto entero: «Por ser animal sociable, el hombre debe a los demás cuanto es necesario para la conservación de la sociedad. Ahora bien, es necesario para tal convivencia el dar mutuo crédito a las palabras y creer que nos dicen la verdad. Y en este sentido adquiere la virtud de la veracidad cierta razón de débito» (II-II, q. 109, a. 3, ad. 1). Es decir, sería imposible la vida social si no pudiéramos fiarnos de que nuestros semejantes nos están manifestando la verdad, al menos que son conscientes de la obligación moral de hacerlo.

La mentira, que según clásica definición es una «locución contra la propia mente», es, por las razones ya aducidas a favor de la virtud de la veracidad, una monstruosa aberración que quebranta el orden natural y perturba el orden social. A estas dos razones podemos añadir una tercera: siempre causa un daño a los demás, sea menor o mayor, pues le hace aceptar lo falso por verdadero. De lo dicho hasta aquí se deduce con razones apodícticas que todo hombre, pero en particular un periodista, está obligado a decir la verdad y a no mentir nunca.

¿Por qué decimos en particular un periodista? Porque en los periodistas, a la obligación común por razón de la naturaleza se une otra obligación particular por razón del oficio. Y esta obligación moral no admite limitación de ningún tipo por parte de autoridades políticas o de poderes económicos. La razón es bien sencilla.

La autoridad política está al servicio del bien común, que no es solo el bienestar material del pueblo, sino también su progreso moral; por tanto, el gobierno ha de favorecer por todos los medios a su alcance el avance en virtud de sus ciudadanos, luego todo obstáculo que este imponga al ejercicio de la virtud de la veracidad es contrario a su misma razón de ser y le hace perder su legitimidad.

Los poderes económicos, por su parte, aunque en un estadio bien distinto, también están ordenados a la perfección del hombre, por lo que no pueden presionar en contra del ejercicio de una virtud. Además, sus mismos dirigentes están obligados al ejercicio de esa virtud como todos los demás seres humanos.

Juan Pedro Valentín, periodista y director de Nius Diario, dio una conferencia durante la XXIV Semana de la Comunicación en la Universidad Europea de Madrid en la que habló del pacto social entre el periodista y el ciudadano, y sobre qué significa ser periodista. Señala que los ciudadanos no tienen tiempo para enterarse de todo lo que ocurre a su alrededor, entonces depositan su confianza en alguien para que se entere de lo que sucede y lo cuente. «Los ciudadanos sólo piden una cosa al periodista: que no les engañen».

A partir del minuto 00:41:00 – Recuperado de Europea Media

La libertad de expresión

La libertad de expresión, pues, no parece tener límites. Un ser humano está obligado a manifestar siempre lo que piensa o siente y un periodista a publicar todo lo que acontece, conformándose siempre a la realidad de las cosas. No es así. El ejercicio de la virtud que estamos tratando, y en consecuencia la libertad de expresión, tiene sus límites, v. gr., hace tiempo se hizo famoso el caso de un rapero que se dedicaba a promover la violencia contra determinados grupos o personas por razón de su pensamiento político.

Esto lo hacía de la forma más soez e inhumana que uno se pueda imaginar. Dejando de un lado el manifiesto mal gusto de sus asertos, pensamos que es del todo evidente que la manifestación de esos pensamientos y sentimientos que se encuentran en su interior (siendo ciertos, como desgraciadamente lo son) es absolutamente contraria al bien común, por varias razones: se empuja a sí mismo y a otros a la práctica de los vicios opuestos a virtudes como la paciencia o la templanza y moderación; además, es una clara amenaza al orden social el promover la violencia o el odio contra otros sectores de la población. 

Pablo Hasél – Recuperado de Mallorca Diario

Este es un caso claro de que la verdad no ha de ser dicha siempre y en toda circunstancia (lo cual no implica que la única opción que quede sea mentir. Basta con guardar silencio), y que la libertad de expresión tiene un límite: el bien común. La virtud de la veracidad y, en consecuencia, la libertad de expresión tienen como límite claro (presuponiendo, por todo lo dicho hasta aquí, que solo son legítimas en sentido absoluto cuando se dice la verdad, pues la mentira no tiene derechos) el bien común de la sociedad.

Del mismo modo que una sociedad en que nadie pudiera fiarse de la veracidad de las palabras del prójimo estaría aboca al caos y la destrucción, lo mismo le pasaría a una sociedad en que sus miembros siempre manifestaran lo que piensan o sienten, pues no tardaría en descomponerse por la violencia entre ofendido y el que ofende. 

Juan Pablo Colmenarejo, director de Buenos Días Madrid en Onda Madrid, comentó en una de las conferencias que «la objetividad no existe, se trata de la honesta subjetividad del periodista», y que la libertad de expresión es atacada por las noticias falsas.

Juan Pablo Colmenarejo – Recuperado de Europea Media

María Arias Pou, Alejandro Touriño y Pablo Fernández Burgueño intervinieron en otra de la charlas para abordar el tema «libertad de expresión y derechos en las redes sociales».

«Libertad de Expresión y Derechos en las Redes Sociales» – Recuperado de Europea Media

La censura

Cuenta de Donald Trump censurada – Recuperada de 20minutos

Pero esta censura por razón del bien común ha de ser realizada por el gobierno. ¿Cuál es la razón? Es virtud propia del buen gobernante la prudencia («virtud que nos mueve al recto gobierno de nuestras acciones particulares en orden a nuestro fin natural»), que parece la ideal para aplicar legítima censura en este tipo de casos. Es, por tanto, absurdo e incluso peligroso que los directivos de grandes compañías de comunicación se arroguen este derecho.

¿Acaso Facebook es una autoridad legítima para bloquear las cuentas de Donald Trump por manifestar, según ellos, datos falsos o que incitan a la violencia? De ser así, ese bloqueo debe ser decisión del gobierno prudente, que tiene una mayor amplitud de miras, una perspectiva más alta y una obligación más directa con la justicia y el bien común. También en la debida situación de ser un gobierno prudente, un muro de contención contra el poder de las oligarquías económicas, que suelen mirar con más interés su propio beneficio que el bien común. Solo la autoridad legítima debe gozar de la posibilidad de emitir este juicio. Autoridad legítima solo es el gobierno legítimo (es decir, prudente y con las miras puestas en el bien común) y, para los católicos, la Iglesia.

La acción del periodista en este campo ha de amoldarse a los principios que hemos señalado.

Francisco Marhuenda, Daniel Rodríguez Herrera, María Dolores Márquez de Prado y Manuel Mariscal hablaron sobre la censura en las redes sociales en la Tertulia de Federico.

Tertulia de Federico – Recuperado de esRadiovídeos

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