Burbujas Personalización

De la guerra del algoritmo al periodismo influencer

Trump apenas ha usado la cuenta oficial en Twitter de la presidencia, prefiriendo tuitear desde su perfil personalNURPHOTO / GETTY IMAGES

OPINIÓN | Potenciar el alcance de tus mensajes nunca ha sido tan sencillo. La era digital transformó el consumo de la información: proliferaron los blogs, los medios digitales, las webs especializadas y las vías para mercantilizar ideas y negocios. Sin embargo, como a cualquier democracia, en este caso cibernética, le salen cuervos. La trampa un enemigo habitual.

La dualidad emisor-receptor se ha vuelto reversible en la red. El periodista estándar, a medio caballo entre el reportaje sosegado que dé prestigio y el amarillismo que reporte visitas -del aplauso raras veces se come-, compite virtualmente con cualquier persona activa en la interfaz. Las ideas se debaten en 280 caracteres, sin necesidad de presentarse ni cumplir con el protocolo que se le presupone al ceremonioso arte de la discusión académica. De las corresponsalías al clickbait. Del ágora romana al whiskey doble. De la dialéctica ascendente de Platón al sofismo más tacaño. De la corrida memorable del Diego que de cebollita soñaba con jugar un Mundial a la pillería de la mano de dios del Maradona que reconocía el escándalo del agua adulterada que bebió un defensor brasileño. 

La trampa un enemigo habitual

Y es que la trampa se ha convertido en un enemigo habitual para el periodista. A la chabacanería que desprende el insultador profesional, hay que sumarle un cribaje mucho más exhaustivo de las fuentes por parte de los redactores. El cuarto poder está tocado, la desconfianza del lector crece, la dependencia al patrón que paga las nóminas con enormes y fastuosos banners de publicidad oprime y la agenda cada vez depende menos de la línea editorial de los rotativos. Nos movemos en un mundo de tendencias, donde el trending topic obliga al plumilla, generalmente al recién llegado (el que antiguamente se dividía entre la fotocopiadora y la máquina del café), a colgar el teléfono y buscar la última salida de tono de celebridades caducas, deportistas a la baja o pretenciosos políticos. 

Características de una profesión que, si bien anteriormente ya formaban parte de la rutina, se convierten en constantes por la inmediatez que exige el contador de visitas. No falta en ninguna redacción esa pantalla. La de analytics, la del contador de clics a tiempo real, la que marca si tienes tiempo para fumar un cigarro o toca levantar a pulmón expectante una audiencia con un abanico de posibilidades inmensa. Y las prisas nunca fueron buenas consejeras, especialmente cuando hay tantos poderes fácticos conocedores de esta dinámica feroz. 

Cientos de miles de sofisticados bots

Las redacciones de política han cambiado el análisis por el Twitter. Y lo han hecho tan rápido como lo hizo previamente el Congreso de los Diputados. Los movimientos populistas nunca lo tuvieron tan fácil. En la tribuna se les puede rebatir. En las redes es más complicado, especialmente cuando se sirven de granjas con cientos de miles de sofisticados bots para colocar sus ideas en la mesa familiar, en las oficinas de trabajo, en la barra del bar y en las portadas de los medios. Y esto es un peligro. 

Según un estudio del departamento de Ciberseguridad y Ciberdefensa de la Universidad de Murcia (UMU), los partidos españoles apoyaron su campaña electoral de las últimas elecciones generales con 27.000 bots en Twitter. Vox es el partido que más utilizó esta herramienta. Concretamente, este fue el reparto: Vox (49,84%), Unidas Podemos (20,66%), PSOE (12,87%), Ciudadanos (10,42%) y PP (6,21%).

No es casualidad que sea la extrema derecha la que más bots tiene en su poder. Asesorados por Steve Bannon, asesor de campaña de Donald Trump, el camino a recorrer es sencillo: lo importante es penetrar en la sociedad, que hablen de ti aunque sea mal. Y lo consiguieron. Abarrotaron Vistalegre en dos ocasiones, organizan marchas multitudinarias y cuatro millones de personas les cedieron su confianza en forma de voto. Y el periodismo no puede echarse a un lado. Ganar el relato es su premisa, aunque para ello tengan que servirse de bulos constantes, demostrados y denunciados. 

Un tortuoso recuento de los votos

En Estados Unidos se produjo una situación bastante curiosa que debería servir como punto de reflexión. Celebradas las elecciones norteamericanas, y tras un tortuoso recuento de los votos, Biden se adelantó en varios estados bisagra que Trump debía retener para seguir en la Casa Blanca. No fue así. Pero el magnate norteamericano no se rindió (tampoco su histriónico abogado Rudy Giuliani), denunciando que el plebiscito había sido fraudulento y que los demócratas habían malversado la votación.

Quien sí se cansó de que pusieran a los Estados Unidos a la altura del betún, comparando a la democracia más antigua del mundo con una república bananera, fue la prensa. Tanto que simultáneamente varias cadenas de televisión (incluida la Fox, conocida por su orientación republicana) cortaron esta serie de exabruptos y calumnias infundadas diciendo abiertamente que no había pruebas que sustentaran lo que el equipo de campaña de Trump denunciaba públicamente. 

Porque el periodismo no es más que eso. No se trata de dar voz a todas las partes. Nunca fue perseguir lo que dice la mayoría. No se cubre alimentando rumores convertidos en trending topic. Es sencillamente contar la verdad de la forma más objetiva posible. Y el ruido de la red ensordece. Perdamos visitas. Incluso inmediatez. Pero no nuestra palabra. 

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